La pintura de Iker Serrano
Antes de tomar la decisión de qué pintar, Iker Serrano necesita la reflexión de por qué y para qué. No se trata de expresión directa ni meramente vivencial. Tampoco habla de la referencialidad del metalenguaje cuyo punto de partida es la propia historia del arte. Ni siquiera busca el reflejo de una suma de virtuosas habilidades que venzan las dificultades de lo representado. Lejos de utilizar la fácil complacencia de la seducción, piensa que el arte supone un esfuerzo intelectual más que físico. Y para ello hurga en el mundo de los textos y crea una narrativa llena de metáforas donde asume no pocas referencias de teóricos y escritores que están en la base del proyecto. Así "dentro del elefante" exige un concienzudo trabajo previo que no resulta pedante ni culturalista. Con las citas y las deudas figurativas, crea nociones, hace planes, organiza y selecciona motivos. Quiere integrar el background de sus búsquedas y enfatizarlas generando rastros y secuencias. Sin que la obra quede estática ni bajo el dominio del oficio, asume la estética de lo sublime y el matiz de lo ridículo. Como explica muy bien con la cita de Conrad, habla de lo que el arte tiene de travesía heroica y también de lo torpe que puede llegar a ser si no se tiene en cuenta el cultivo personal del artista. Un viaje en el que el autor está enfrente de las cosas, pero también debe propiciar un reencuentro consigo mismo y sumergirse en las profundidades de los motivos.
El artista es alguien que está siempre atento y al acecho. Más que agradar o desagradar, busca interrogar e interesar con la inquietud que se desprende de cada obra. Es un tipo de creación que indaga sobre lo que es el arte. Situándose más allá de la anécdota, manifiesta nociones que hablan de la figura del creador. Son caminos sinuosos donde utiliza la alegoría en el sentido moderno donde cualquier cosa puede valer para significar algo diferente. Ya no hay un diccionario que controle el sentido, sino la libre aventura creativa. Existe un juego de espejos que protege la factura y que proyecta sobre sí todo tipo de efectos de aquello que pasa por su lado.
A partir de la atenta revisión de la obra puede comprobarse que la patria pictórica de Iker Serrano no se aleja demasiado de un sentimiento romántico ni de una latencia ecológica de convivencia con la naturaleza. Una belleza otra que tiene algo de expresión serena y también de garabato gráfico. No solamente la conjunción total entre las partes, sino también la confirmación de aunar lo diferente. Vive el país del conocimiento, se sitúa ante lo aprendido y desafía las convenciones, proponiendo una otra dimensión de las cosas.
Pinta un mundo en el que los sueños y la descripción de lo real transcurren sin apenas separación. Hay algo de los recuerdos personales en este país con montañas y riachuelos. Es un paisaje íntimo y subjetivo que está esperando a ser tanto descubierto como a desplegar enigmas que permitan desplazarse desde el hoy hasta el ayer y donde siempre hay algo que te salva la vida. Como el niño al que dejan solo en casa muerto de miedo, el artista descubre en un rincón la llamada de la selva y ya no tiembla, porque se expresa, lee y actúa plásticamente. Sobre todo trata de responder qué es crear y ser artista. Una manera de preguntarse que le permite seguir trabajando.
La huella pictórica está cercada por los límites del bastidor y conforma ventanas. Llega una cosa y otra queda detrás. Como decía Juan Ramón Jiménez, "El arte puede ser muy rápido, a condición de que sea muy lento". Duración y extensión son términos que se manifiestan conjuntamente. A veces, es la figura la única y atemporal protagonista. Hay temas gélidos que se acentúan por el uso de la ausencia de fondos. Son personajes u objetos como situados en ninguna parte. El realismo con que los representa hace que la ausencia de su ubicación sea todavía más patente.
En otras, el fondo actúa de contrapunto y sitúa con mayor concreción aquello que se produce delante de los ojos. Parece ilustrar el relato de su propia novela, con colores intensos pero fríos. Un foco penetrante ilumina las escenas nocturnas, creando nuevos espacios que desvían la mirada de los personajes y dan a las escenas un halo de ausencia. Al comienzo sólo puede saberse algo. Después, el conjunto permite vislumbrar una más compleja realidad. Se sirve de recursos naturales como el agua, los claros en el bosque o la vegetación donde habitan héroes y mitos de tiempos muy diferentes. Conjugando la ficción y la vivencia, motivos que visitan muy distintos confines: El lapidario hielo y la humedad boscosa. El mundo nórdico y el fondo marino. Las islas o los continentes. Un panorama en el que surgen los refugios de los iglús y las tiendas de campaña para la más extrema de las supervivencias. Son estudios temporales de lo que ocurre tanto alrededor como dentro de las profundidades del yo. Una síntesis que muestra las posibilidades de ese artista que busca en lugares extremos. Es tanto aventurero a la búsqueda de lo inédito como investigador que analiza concienzudamente. Mediante situaciones curiosas, el resultado es una fábula cuya construcción es tanto mental como sensible. Retorno al primer plano de la figuración pictórica más personalizada, como salida para escapar del ostracismo al que las nuevas tecnologías quieren condenar a la pintura.
Xabier Sáenz de Gorbea


